En su discurso de agradecimiento del Premio Pritzker
Andrés Francisco Rengifo Martínez
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RESUMEN: Al recibir el Premio Pritzker 2026, Smiljan Radic no habló explícitamente de sus proyectos. En cambio, evocó las arquitecturas, paisajes e imágenes que han formado su mirada. Su intervención desplazó el foco hacia la capacidad de la arquitectura de tender puentes en el tiempo, y hacia la incidencia en el diseño de las reminiscencias del pasado.
El pasado 12 de mayo, el arquitecto chileno Smiljan Radic recibió el Premio Pritzker en una ceremonia celebrada en el Castillo de Chapultepec, en Ciudad de México. La escena, tal y como suele ocurrir en este tipo de actos, parecía destinada a la repetición un viejo ritual: un discurso crítico frente al estado actual de la arquitectura, a la desaparición del rol del arquitecto, el juicio a la “espectacularización” de los objetos construidos, o a la necesidad de la arquitectura como práctica social …Y de fondo, fotografías impolutas de una obra consolidada, reafirmando un prestigio para entonces muy establecido. Sin embargo, el discurso de Radic, releído un día después en el Teatro Estefanía Chávez de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, sorprendió por su tono y enfoque: menos solemne y más personal.


Siempre esquivo, distraído incluso frente a su propia celebridad, no habló de sus proyectos. A duras penas dejó pasar, aleatoriamente, imágenes recopilatorias de su obra, sin referirse a ella, quitándole peso, apartándola del centro de atención; consciente, quizá, de lo mucho que ha sido publicada, comentada y divulgada.
En vez de realizar una explicación detallada de conceptos, teorías o estrategias proyectuales, Radic optó por revelar su imaginario arquitectónico personal, enunciando y agradeciendo una a una, a las arquitecturas visitadas, dibujadas y fotografiadas en el pasado:
La Acrópolis de Atenas, edificios tardíos de Le Corbusier, Venecia, paisajes áridos en Chile y Croacia, cementerios, tumbas y demás arquitecturas funerarias, árboles raídos, ruinas, follies, la arquitectura nórdica de Sverre Fehn y Sigurd Lewerentz, templos etruscos y romanos, la autobiografía científica de Aldo Rossi, Víctimas de John Hejduk, el Panteón de Agripa, las vasijas de barro de Luis Barragán, pircas, crómlechs y montículos de piedra, el Monasterio de Simonas Petra, el acueducto de Évora y su tensión con la arquitectura de Álvaro Siza, la singularidad de ciertas formaciones rocosas, el SESC de Pompeya de Lina Bo Bardi, la Escuela de Arquitectura de Joao Villanueva, pabellones y demás arquitecturas efímeras, la torre de los números de Peter Wilson, la arquitectura de Rem Koolhaas, objetos ready made, paisajes agrestes, y las distintas manifestaciones de luces y sombras sobre la superficie de los materiales.

No haría falta mucho esfuerzo para establecer asociaciones entre aquellas imágenes y la propia obra de Radic: la condición arcaica de muchas de sus construcciones, el equilibrio entre austeridad y sofisticación, la tensión entre lo primitivo y lo contemporáneo, o la oposición entre gravedad y levedad. Sus edificios parecen, muchas veces, recuerdos materializados. Como si cada proyecto conservara algo de aquellas fotografías de viaje, de aquellos croquis apresurados, de aquellas arquitecturas vistas alguna vez, pero nunca olvidadas.
Porque la arquitectura de Radic parece invitar precisamente a eso: a descubrir genealogías ocultas, afinidades inesperadas, ecos lejanos entre obras separadas por el espacio y el tiempo. Su obra no deslumbra únicamente por una aparente originalidad formal. Su valor reside en algo menos evidente: la densidad cultural de sus imágenes, la manera en que sus proyectos parecen cargar múltiples tiempos a la vez. Y es por esto, quizá, que su arquitectura se percibe atemporal. No porque ignore la historia, sino porque dialoga constantemente con ella. Sus obras parecen suspendidas en un tiempo ambiguo: bien podrían pertenecer a un pasado remoto o a un futuro incierto.
En un momento cultural obsesionado con la producción incesante de imágenes inéditas, el discurso de Radic propone algo distinto: observar; un oficio difícil de explicar y todavía más difícil de enseñar. Entender la arquitectura como una conversación larga y silenciosa entre memorias, viajes y experiencias acumuladas; y recordar que toda obra nace antes en la mirada que en el dibujo.
Observar implica, necesariamente, establecer lazos con el pasado. Permitir que ciertas imágenes permanezcan con nosotros el tiempo suficiente como para transformarse, algún día, en arquitectura.
Quizá allí radique la enseñanza más importante de su discurso. No una teoría arquitectónica, ni la explicación definitiva sobre su obra, sino una cierta forma de atención. Como diría Antón Capitel, la comprensión de que lo más importante de ser arquitecto no es hacer edificios, sino aprender a ver el mundo a través de la arquitectura… y que la arquitectura, a su vez, explique el mundo (Capitel, Textos críticos, Madrid: Ediciones Asimétricas, 2017).
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