Diego Velandia
El proyecto Plaza de La Hoja es un caso clave para analizar la vivienda social Bogotá. Aunque fue un referente en su etapa de concurso, las decisiones de gestión, normativa y política transformaron su resultado final. A partir de esta experiencia, se evidencian los retos de mantener la calidad espacial y el espacio público en proyectos de vivienda.
La vivienda social Bogotá es el eje de esta conversación, primera de una serie que realizaremos desde el Observatorio de Vivienda de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de los Andes. Hoy nos acompaña el arquitecto Felipe González Pacheco con quien conversamos acerca del caso del proyecto La Hoja, en Bogotá. Se analizan decisiones de diseño, gestión pública y ejecución que transformaron una propuesta destacada en concurso en un proyecto construido con múltiples tensiones. Desde el inicio, el arquitecto sintetiza la experiencia con una frase directa, abriendo una reflexión que combina crítica, aprendizaje y autocrítica profesional:
“es un proyecto que fracasó con todo éxito”
Un proyecto ejemplar en concurso
El proyecto La Hoja surgió en un concurso de la Sociedad Colombiana de Arquitectos y rápidamente se posicionó como un referente entre las propuestas evaluadas. No solo destacaba por su calidad arquitectónica, sino por su intención de construir ciudad desde la vivienda. En ese momento, se entendió como un ejemplo que demostraba que sí era posible hacer una mejor vivienda social Bogotá.
“Un mal proyecto de vivienda es solo vivienda, un buen proyecto de vivienda tiene muchas más cosas”
Esta idea resume la ambición inicial del proyecto y su diferencia frente a modelos tradicionales. La propuesta recogía discusiones del urbanismo contemporáneo, donde la vivienda se articula con el espacio público y la mezcla de usos.
El nodo urbano como idea central
La Hoja se planteó como un nodo urbano, es decir, un sistema capaz de integrar vivienda, comercio, equipamientos y espacio público en un solo conjunto. Esta estrategia buscaba activar dinámicas sociales y generar un entorno de mayor calidad para sus habitantes.
En este punto, el arquitecto insiste en una idea estructural de la disciplina:
“la ciudad es el escenario para encontrarnos”
haciendo énfasis en que la arquitectura no puede pensarse aislada de las relaciones sociales que posibilita. Esta visión se alinea con enfoques globales como los que promueve UN-Habitat, donde la vivienda es parte de un ecosistema urbano más amplio.
Del proyecto al recorte
El paso del concurso a la ejecución marcó un giro importante. Desde el inicio se estableció que solo se construiría la vivienda, dejando de lado otros componentes fundamentales del proyecto. Esto implicó una reducción drástica de su alcance y debilitó la idea de nodo urbano.
Esta situación refleja una tensión frecuente en la vivienda social Bogotá, donde la distancia entre la idea y la ejecución termina condicionando el resultado final. Como el propio arquitecto lo sugiere, el problema no es únicamente técnico, sino estructural, de gestión con ciertas particularidades, que comienza desde la formulación misma del proyecto.
El conflicto entre diseño y gestión
A medida que avanzó el proceso, las decisiones de gestión pública y los límites presupuestales empezaron a transformar el proyecto. En esta etapa, la relación entre el arquitecto, las entidades públicas y los constructores se volvió determinante.
“Un buen arquitecto con un mal cliente está condenado a fracasar”
Falta de alineación entre actores puede comprometer el proyecto, su desarrollo y su resultado. A esto se suma otra reflexión importante en la que se expresa que finalmente es el cliente quien manda, cosa que evidencia el desequilibrio entre diseño y toma de decisiones en estos procesos.
La pérdida del espacio público
Uno de los cambios más relevantes fue la transformación del primer piso. En la propuesta original, este nivel estaba pensado como un espacio abierto, activo y público. Sin embargo, durante la ejecución se destinó a parqueaderos, alterando completamente la relación del edificio con la ciudad.
“¿Desde cuándo la vivienda tiene que estar vinculada al vehículo particular?”
González Pacheco lamenta este cambio y lo vincula con decisiones estructurales del proyecto. En su análisis, cuestiona directamente esta lógica, planteando una crítica al modelo urbano que prioriza el automóvil sobre el espacio colectivo. El resultado fue una inversión de la lógica urbana: mientras los espacios interiores se privatizan, la vida comunitaria se desplaza al exterior. Esto refleja una contradicción que impacta directamente la calidad del proyecto.
La vivienda flexible que se redujo
La propuesta original incluía viviendas flexibles, diseñadas para adaptarse a distintas configuraciones familiares y a cambios en el tiempo. Esta flexibilidad era una de las innovaciones más relevantes del proyecto.
Sin embargo, durante el proceso de construcción, varios de estos elementos se redujeron o eliminaron. En este punto, el arquitecto insiste en una idea central de su práctica:
“debemos hacer una vivienda que se adapte al habitante y no que el habitante se adapte a la vivienda”.
La pérdida de esta condición afectó directamente la experiencia de uso y la apropiación por parte de los residentes.
El papel de la política en la arquitectura
El caso de La Hoja evidencia el rol determinante de la política pública en la arquitectura. La falta de continuidad en decisiones, la dificultad de coordinación institucional y la ausencia de respaldo a la propuesta original marcaron el proceso.
“Es un problema de voluntad política”
El arquitecto lo resume con claridad, señalando que muchas de las decisiones que afectaron el proyecto no fueron inevitables, sino resultado de elecciones específicas. En esta misma línea, añade una reflexión más amplia: “si la sociedad no valora lo público, los políticos tampoco lo van a defender”, abriendo una discusión sobre el papel de la cultura ciudadana en la construcción de ciudad.
Aprender del fracaso
La Hoja deja aprendizajes importantes para la vivienda social Bogotá. El proyecto muestra cómo la coherencia entre diseño y ejecución es fundamental, y cómo el espacio público debe entenderse como un componente estructural y no complementario.
En este sentido, la idea de fracasar con todo éxito adquiere un valor particular. El proyecto no solo evidencia errores, sino también la importancia de analizarlos y compartirlos. El arquitecto lo plantea como una necesidad disciplinar: hablar de los fracasos permite aprender y evitar repetirlos.
El caso de La Hoja abre preguntas sobre cómo diseñar y ejecutar proyectos de vivienda en contextos urbanos complejos. Revisar estos procesos permite entender mejor las tensiones entre arquitectura, gestión y política.