Temple

Se hace en ARQDIS

Alejandro Barragán

Existen diferentes elementos que deben converger para lograr crear o concebir proyectos que nos llenen tanto en lo personal como en lo profesional. Proyectos que además puedan abrir nuevas miradas de un mismo tema o nuevas formas de pensar sobre una disciplina. Mejor aún, que inviten al diálogo, a las conversaciones y a la reflexión. Sin duda, uno de esos elementos es poder involucrar diferentes gustos o pasiones, con nuestra pasión principal que debería ser la disciplina que hemos escogido.

En este capítulo de “Se hace en ArqDis”, conoceremos a cerca del trabajo del profesor Lucas Ariza Parrado, del departamento de Arquitectura. Haremos un recorrido por su vida desde las razones que lo llevaron a convertirse en arquitecto, pasando por la realización de su proyecto en la Maestría en Arquitectura, para finalizar contándoles cómo de ese trabajo se han desprendido distintos trabajos, proyectos, cursos y actividades.

Orígenes, viaje y una disciplina para “vivir”

La historia de Lucas Ariza comienza en Chiclana de la Frontera, un pequeño pueblo en Andalucía donde creció en un ambiente tranquilo rodeado de una familia que nunca impuso expectativas rígidas. Ese clima de calma y libertad formó en él una sensibilidad particular hacia el mundo, una mezcla entre ligereza, reflexión y curiosidad. Desde muy joven convivían en él intereses diversos: las matemáticas lo entusiasmaban, pero también lo hacían la filosofía, la historia y la escritura. Esa combinación inesperada fue dando forma a un perfil abierto y flexible, aunque en ese momento todavía no tuviera claro hacia dónde lo conduciría.

La decisión de estudiar arquitectura fue casi accidental: una elección hecha sin grandes rituales ni certezas, pero que con el tiempo se convirtió en una forma de estar en el mundo. Tras experiencias determinantes en Chile y en El Taller de Cartagena en Colombia, Lucas encontró en América Latina una vitalidad que lo atrajo profundamente. Esa mezcla de naturalidad, intensidad y búsqueda lo llevó finalmente a Colombia, donde completó su carrera y reconfiguró su vida. Hoy, mirando hacia atrás, entiende que la arquitectura no fue una carrera, sino una herramienta para comprender la complejidad del vivir, un oficio que le permite orientarse en un mundo donde nada permanece quieto.

La disciplina me ayuda a moverme en esa complejidad… vivir es una cosa muy compleja y yo siento que la disciplina me ayuda a trabajar con esa complejidad, a moverme en esa complejidad.”

Como docente, esa misma sensibilidad se transforma en una perspectiva casi filosófica sobre la enseñanza: para Lucas, aprender es un acto misterioso, y enseñar es participar de ese misterio. Le asombra cómo alguien puede “saber algo que antes no sabía” simplemente por haber compartido tiempo, conversación y presencia con otro. Ese asombro es su motor pedagógico.

“El temple de la arquitectura”: del toreo al tempo

El núcleo conceptual de su trabajo emerge durante su Maestría en Arquitectura en los Andes, donde desarrolla “El temple de la arquitectura”, una exploración profunda sobre el tiempo, el movimiento y las atmósferas espaciales. La palabra temple, en sí misma, lo llevó a un territorio simbólicamente rico: por un lado, remite al templo, lo sagrado; por otro, al tempo, al ritmo del tiempo. Pero también tiene una capa más íntima y cultural: el temple de la tauromaquia, esa distancia vibrante entre el toro y la tela, móvil e inestable, pero tan precisa que parece detener el tiempo sin congelar el movimiento.

Ese tipo de paradoja —una detención que se mueve, un movimiento detenido— se convierte en metáfora para pensar la arquitectura. Lucas empieza a entenderla no como un escenario pasivo, sino como un campo activo de resonancias: gestos, tensiones, atmósferas, ritmos que existen entre las personas y los espacios. La arquitectura, vista desde el temple, deja de ser algo que “se hace y se entrega” y pasa a ser algo que ocurre, que se despliega en la interacción continua entre los cuerpos, el entorno y el flujo del tiempo.

En parte, lo que genera el temple… es una sensación de que el tiempo se para, se congela, siendo una detención que es mentira porque todo se está moviendo.”

Este enfoque fenomenológico le permite articular un modo de comprensión arquitectónica que no se limita a lo material y lo técnico, sino que se abre a dimensiones sensibles, perceptuales y emocionales que suelen quedar fuera del discurso disciplinar.

Flamenco, danza y la hipótesis del espacio que “se hace”

La investigación de Lucas está atravesada por algo profundamente personal: el flamenco. No como adorno cultural, sino como lenguaje que le permitió comprender su propio trabajo. El flamenco, con su ritmo quebrado, su gesto preciso y su densidad temporal, le ofrece claves para observar la arquitectura desde otro lugar. No es casual que en sus lecturas filosóficas encontrara conceptos que luego podía reconocer, no en los libros, sino en un baile improvisado durante una fiesta. Esa doble lectura —teórica y vivida— constituyó un hallazgo metodológico fundamental.

A esto se suma la danza, que según Lucas es la forma más intensa de experimentar la relación entre espacio y tiempo. A través de ella entendió que habitamos mediante nuestro cuerpo, y que ese cuerpo, en sus movimientos, pausas y variaciones, produce espacio. De ahí surge una de sus hipótesis más provocadoras:
“El espacio se mueve.”

“Más que entender el espacio como algo dado… a que somos nosotros en nuestras relaciones con las cosas y con nosotros mismos los que hacemos surgir ese espacio.”

No se trata de un movimiento físico literal, sino de comprender que el espacio emerge de la relación dinámica entre cuerpos, objetos y tiempos. Así, el espacio deja de ser sustantivo y se vuelve verbo: espaciar, espacializar. Esta idea guía su proyecto de investigación F.A.P.A. y orienta muchas de sus reflexiones sobre la forma en que imaginamos y enseñamos arquitectura.

Docencia, semilleros e interdisciplinariedad como práctica

En el episodio, Lucas subraya el papel esencial de la conversación en su proceso. Él no investiga solo: investiga con otros. Sus ideas se afinan en diálogo con estudiantes, colegas, artistas, sociólogos, bailarines y fotógrafos. En ese cruce disciplinar no ve amenaza, sino riqueza. Por eso ha diseñado espacios académicos que invitan al cuerpo a entrar en escena, como el ejercicio “El espacio desde el cuerpo”, donde los estudiantes exploran desplazamientos, gestos y atmósferas como punto de partida para pensar el espacio.

“Me siento muy cómodo hablando y escuchando a mucha gente muy distinta… al contar las cosas, de repente la gente conecta con eso que le cuento y empiezo a sentir como que en realidad sí hay una resonancia de las cosas.”

Este impulso también se manifiesta en el semillero que coordina, donde estudiantes de la Universidad de los Andes se encuentran con estudiantes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en un intercambio que atraviesa arquitectura, diseño y artes. Para él, estos espacios son plazas abiertas, lugares donde convergen voces diversas sin necesidad de definiciones rígidas. La interdisciplinariedad no es una meta ni una bandera, sino una consecuencia natural de los temas que trabaja: el cuerpo, la imagen, el tiempo, el habitar.

Ampliar el campo sin levantar fronteras

Aunque su aproximación pueda generar debates, Lucas insiste en que no está proponiendo un nuevo dogma. No pretende que la arquitectura se piense únicamente desde el cuerpo o el tiempo, pero sí quiere mostrar que estas dimensiones, a menudo relegadas, son indispensables. Para él, toda buena arquitectura contiene tiempo y contiene cuerpo, incluso si no se explicita en planos o memorias descriptivas.

Su inquietud no busca reemplazar métodos tradicionales, sino ensanchar los límites disciplinarios, abrir espacio para otras maneras de sentir y pensar el proyecto. Desde esta perspectiva, el arquitecto no solo organiza espacios, sino también ordena tiempos y experiencias. Y en ese gesto se hace evidente una ética: cuidar, atender, escuchar la vida que ocurre en los lugares.

Esta comprensión afecta también su vida cotidiana. Textos como Habitar, de Jean‑Marc Besse, lo ayudan a ver que el cuidado —como barrer la casa, como conversar, como enseñar— es también una forma de habitar. Así, su investigación y su docencia se entrelazan con su manera de ser persona, de vivir el día a día con atención y presencia.

“Nosotros como arquitectos nos encargamos tanto del tiempo como del espacio… no estamos solo ordenando el espacio, sino que estamos ordenando los tiempos de las personas, y eso es una cosa muy poderosa.”

Música:

1- ⁠Taranta compose by Paco Peña guitar: AhmadMousaviPour⁠
Autor: ⁠Ahmadmusic⁠ de ⁠Pixabay⁠
⁠2- Flamenco Guitar Duo⁠
Autor: ⁠JuliusH⁠ de ⁠Pixabay⁠
3- ⁠Al Andalus⁠
Autor: ⁠Shane Ivers⁠ de https://www.silvermansound.com

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