Universidad de los Andes Facultad de Arquitectura y Diseño

Historia de la Facultad

La Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de los Andes

«No hay que estar loco para trabajar aquí, pero ayuda…»

Grafito en una pared de El Campito.

¿Cómo comenzó la Facultad de Arquitectura y cuál es su historia? Su crónica pormenorizada es cuestión para unos pocos interesados, y deberá terminar de escribirse antes de que sus protagonistas pierdan la memoria del todo o aparezcan algunas versiones con sospechosos baches. No ha sido una trayectoria de decisiones e intenciones en una sola dirección. Es, en resumen, como toda historia, la suma o acumulación de sucesos provocados o no, que han llevado a sortear las que hoy se verían como inusitadas situaciones que la tuvieron aún al borde del cierre. Es producto del amor por la institución y la lucha por la supervivencia de muchas personas y decisiones; la mayoría con carácter más emotivo que racional.

Desde la fundación de la Universidad de los Andes, en 1948, y cuando se dio a la luz pública el ofrecimiento de carreras, a partir de 1949, apareció Arquitectura dentro de las alternativas de estudio. No era para menos: entre sus fundadores había un grupo de jóvenes arquitectos, casi todos menores de treinta años, algunos de los cuales formaron parte del profesorado de la primera facultad de carácter privado que se organizó en Bogotá. Se lanzaron a la aventura con mucho entusiasmo, pocos programas y menos recursos, detrás de una idea un tanto quimérica. Nunca pretendieron polemizar con el modelo de educación oficial, ni crear una institución en donde se enseñara arquitectura dirigida a una clase social específica.

Varios hechos marcarían definitivamente el carácter de la enseñanza en la Universidad de los Andes: la búsqueda de la libertad de cátedra en una institución independiente del Estado, laica, carente de confesionalidad, con la concepción de universidad real, donde el estudiante pudiera acceder a otras áreas del conocimiento desde el comienzo de la carrera, en cursos comunes para todas las disciplinas, con el fin de alcanzar una necesaria cultura general. Esa ha sido la intención. Ha habido muchas reformas, divagaciones y desviaciones, inevitables en las tendencias académicas de «vanguardia», casi siempre sin perder de vista la idea original.

La Facultad de Arquitectura, en sus periodos iniciales de organización, contó con profesores que venían de las universidades estatales; no había otra posibilidad. Conocedores de su oficio, sometidos a influencias de la arquitectura moderna, habían tenido sus primeras experiencias docentes en esas universidades, y establecieron un puente entre los fenómenos locales y las influencias internacionales, que muchos habían experimentado directamente.

Al principio eran muy pocos estudiantes, solo ocho de Bogotá, quince en total para ser exactos (los permitidos por el Ministerio de Educación Nacional), más otros que se entraron por la puerta del solar a un programa de «Extensión Universitaria» y que conformaron el segundo grupo.

Pasaron algunos años de tropiezos, ajustes, adaptación de horarios, elaboración de un programa y se creó un cuerpo docente, compartido en muchas ocasiones con otras universidades, pues no había muchas alternativas. La enseñanza, especialmente en las áreas propias de la carrera, no era muy diferente en otras facultades de arquitectura, que comenzaron a proliferar: un proceso acumulativo y progresivo en la formulación y solución de los problemas, casi siempre en una simulación de la “vida real”, con acumulación de materias y cobertura de campos, debería producir un arquitecto al final de la cadena. Todavía suced.

La localización y las condiciones ambientales son determinantes en la historia de la facultad. Íntimamente ligada a un lugar muy especial, al cual se llegó por eliminación y una necesidad apremiante, pues había escasos recursos económicos y afán de comenzar. En las laderas de los cerros de Monserrate y Guadalupe, cerca al centro de la ciudad, en algunas decrépitas construcciones sobre unos lotes casi vacíos,  llenos de árboles y caminos empinados y empedrados, “aterrizó” la Universidad de los Andes.

A los futuros arquitectos los instalaron en el último piso del edificio “B”, perteneciente a la cárcel de mujeres del Buen Pastor, regida por las Hermanas de la Presentación. Eran pocos, no se requería mucho espacio y se accedía por una sola puerta, después de cruzar un puente. Un vestíbulo o sala exposiciones en el acceso, las oficinas, un corredor central y salones “multifuncionales” con divisiones blancas en triplex (para colgar planos, hacer proyecciones o dibujar), conformaron  en un rápido esquema básico-anteproyecto-proyecto, la sede de Arquitectura. Era lo que se llamaría: un esquema concentrado.

En 1965, tras la adquisición de varios predios aledaños a la Universidad, se trasladó, con la Escuela de Bellas Artes, a lo que había sido la fábrica de sombreros Richard y un asilo para mujeres dementes, (con todas las chanzas que eran de esperarse) ubicado en “El Campito de San José, casa de Salud”, cuyo aviso se encuentra todavía en la entrada sobre la calle. Era una agrupación de construcciones ortogonales, alrededor de un nudo imposible de resolver, en donde se cruzan todos los gélidos vientos del páramo y de la ciudad. Fue una buena compra, decían, pero nadie la quería. Se la dieron a los arquitectos. Algunos colegas dijeron que era mejor demoler esos edificios, otros orates de la profesión lograron entrever el potencial de ese aglomerado de construcciones, injertos y ampliaciones. Gracias a ellos han circulado por sus corredores más de noventa promociones de arquitectos y otros tantos profesionales: artistas, diseñadores, músicos y hasta psicólogos (!). Todo ello dentro de lo que se llamaría: Un esquema disperso.

Podría aducirse que prueba de las bondades de estas construcciones, es que han durado más de cuarenta años albergando estudiantes y como corolario, que una clase sí se puede dictar en cualquier parte, cuando existe el espíritu.

En 1953, se abrió la Escuela de Delineantes de Arquitectura, de existencia efímera, que con algunos de  los profesores existentes en la facultad, subsistió hasta 1959, año en el cual se cerraron las admisiones, debido a una escasa demanda. En 1960 se graduaron las primeras profesionales y en 1974, casi por la fuerza, las dos últimas. (Veintiséis en total).

En 1952 comenzaron cursos sueltos de arte y pintura, (en los cuales recibían mujeres) y en 1955 se fundó la Escuela de Bellas Artes, que con posterioridad se anexó a la Facultad de Arquitectura, hasta el cierre de inscripciones en 1973 y su clausura definitiva en 1976. En circunstancias más propicias, años más tarde, se reabriría. Esta escuela hizo historia. Fue una época memorable en la cual coincidieron excepcionales maestros y estudiantes de muy diversos orígenes y tendencias. La presencia de unos y otros influyó definitivamente sobre la plástica nacional.

Con la aparición de las nuevas promociones ya fue posible reclutar algunos recién graduados para las labores académicas. Pasarían más de diez años desde su fundación para que la facultad se consolidara. En 1965, año en el cual se hizo el primer “taller vertical” habría ciento sesenta estudiantes en Arquitectura y cerca de ochenta en Bellas Artes.

En 1963 se crea el Centro de Planificación y Urbanismo (CPU). Su  rumbo posterior le llevaría a elaborar planes de desarrollo y estudios de diversa índole, con variados enfoques y resultados, por todo el país. Su equipo estaba integrado por profesionales de diferentes áreas, algunos de los cuales también fueron profesores. Otra institución que marca también un hito importante en la historia de la Facultad es el Centro de Investigaciones Estéticas (1964). Su influencia en la enseñanza de la historia y los diferentes trabajos investigativos que se desarrollaron en el campo patrimonial, marcaron varias generaciones de arquitectos. Estos dos centros conformarían más tarde el CIFA, Centro de Investigaciones de la Facultad de Arquitectura.

Hasta 1959 ingresa la primera mujer y en 1963 se gradúa la primera. En los primeros veinticinco años de la facultad sólo egresaron catorce féminas de doscientos treinta y ocho profesionales (5.8%). Cinco años después ya se habrían graduado cuatrocientos arquitectos, de los cuales cincuenta y cuatro serían mujeres (13.5%) serían mujeres. Ya vendrán otras épocas.

La época de los sesenta se caracteriza esta por los primeros cambios estructurales en la carrera, que se había reducido a once semestres,  y se comienza a luchar para desmontar aquella dependencia ingenieril en la manera de enseñar las matemáticas, las estructuras y la física. Se comienzan a dictar los primeros cursos de historia del arte y de la arquitectura en propiedad.

Ha tenido dieciocho decanos, dos de ellos encargados. El primero graduado en la facultad se designa en 1966.  Treinta y ocho años después repitió cargo  y según sus propias palabras, la primera vez que lo nombraron era muy joven, y la segunda muy viejo.

Años de crisis se vivieron al comienzo de los setenta y la facultad no estuvo ajena a eso…..

Continuará……..

 

Alfredo de Brigard
Arquitecto